lunes, 26 de diciembre de 2011
Sinergia
No soy negro como tú. No soy chino como tú. No soy indio como tú. No soy rubio como tú. No soy mujer como tú. No soy rico como tú. No soy pobre como tú. No soy padre como tú. No soy madre como tú.
Pero soy como tú.
Todos en esta vida queremos algo en común: Ser felices. Y no existirá nunca tal felicidad si no se complementa con la felicidad de los demás. No os dejéis engañar, no existe tal grado de egoísmo que permita progresar a base de estar solo. Nadie quiere estar solo.
El ser humano, sociable y antisocial por naturaleza, es así. Se supone que estamos en este mundo para aumentar la progenia y perpetuar la especie cuando la propia vida en sí misma es antinatural. Pero eso es sólo sobrevivir. Pura y simple supervivencia.
Así pues, aferrándonos a los instintos más primarios es como sobrevivimos. Es pues el momento de levantar la cabeza (para algo andamos sobre dos piernas y tenemos pulgares oponibles) y empezar a establecer relaciones, interconexionar, interactuar, inter lo-que-sea.
Nos hemos pasado miles de años enfrentándonos sin sentido y todos sabemos que la única manera de progresar es cediendo una parte de tí mismo al prójimo para que ambos podáis progresar.
No se trata de evangelizar ni sermonear, ni de predicar el amor para todo el mundo. Se trata de sudor, de esfuerzo, de largas noches en las que el frío cala en lo más hondo. En construir, en formar un todo entre todos los individuos.
Es la hora de ser mejores, de sumar, de poder hacer algo con lo que sentirte orgulloso. Cooperar, ayudar, resistir.
Nadie está solo. Nadie sabe qué pasará mañana. Podemos, mediante la abnegación, ser mejores que lo anterior. Sólo tienes que encontrar en tu corazón el valor que te permita avanzar junto, nunca a pesar, de las demás personas.
Sólo así podrás crecer y sentirte orgulloso de ti. No son las riquezas o los bienes materiales los que te hacen sentirte bien, es poder decirte a ti mismo: Hoy lo he hecho lo mejor que he podido. Mañana volveré a intentarlo.
Bloom-Withno
jueves, 15 de diciembre de 2011
Hechos Reales
La casa, robusta y con un gran pasillo que comunicaba la cocina con el resto de las habitaciones, descansa ahora, a oscuras y en silencio. Sus ocupantes duermen profundamente. El murmullo silencioso recorre toda la casa, como la muerte en las casas de los judíos cuando eran esclavos del Faraón. Solo una invisible línea mágica protege a los habitantes de esa casa. Una línea que prohibe a la muerte silenciosa que se desliza por el suelo y te mira a los ojos, pero no te toca.
Todo está en perfecta quietud, y el sueño es profundo. Hasta que PUMMMMMMMM!!!
Te despiertas pero no abres los ojos, te despiertas justo el segundo antes de que la llave entre por la cerradura y él intente acertar con el cerrojo. Dentro de ti un escalofrío viaja de la cabeza a tus pies. El vello se te eriza, los nervios se ponen a alerta.
Él no acierta con la llave (cómo podría) y los segundos parecen horas. Sabes el desenlace, pero te mata la espera. Intentas olvidarte y volver a recobrar el sueño, donde todo era perfecto y te sentías seguro, pero ya es imposible, se esfumó por esa noche.
La puerta se abre, pero tarde en cerrarse. Oyes sus pasos por el pasillo, lentos, lo suficientemente sonoros como para que perturben tu mente en mitad de la noche. Estás como un gato asustado.
Oyes las llaves, el abrigo que da contra los muebles, su mano recorriendo el sofá. Hasta que se hace el silencio más absoluto.
Sabes que está ahí, frente a tu puerta. Lo sabes por el olor, por la calma tensa que recorre la habitación. Sabes que te está mirando, aunque no sepa dónde estás.
Tú te quedas muy quieto, intentas desaparecer, ir a otro tiempo y otro lugar, rodeado de gente y con un sol que resplandezca en lo alto.
Durante unos segundos no respiras. Vuelves a oír su caminar, lento, hacia la siguiente habitación, y no descansas hasta que sabes que se ha dormido.
Ahí es cuando sabes que la noche ha comenzado.
lunes, 12 de diciembre de 2011
Escarcha
Y es en ese tipo de días en los que una rosa de un rojo brillante late frente a la adversidad y destroza lo establecido. Como escarcha que se rompe al entrar en contacto con el calor, todo retoma su ciclo de nuevo. No se puede vivir eternamente en la espera, hibernando para despertar un día. El día es ahora y mañana y todos los momentos que vas a vivir y que no puedes perderte puesto que no tienes tiempo que perder y sí mucho que hacer aunque tú, a día de hoy, no creas que es así. Como cuando nadie apostaba por esa rosa. A veces ocurren milagros.
Bloom-Withno
jueves, 17 de noviembre de 2011
Gongoreando
Las nínfas esperaban a sus héroes mientras las rosas seguían clavando sus espinas en brazos que enamorados románticos perdidos melancólicos portaban para que su enamorada, una vez requebrada, fuera suya, ciñendo su talle al suyo, mirándose en los acaís y fundiéndose en uno como Penélope al llegar Ulises a Itaca.
Amarillo almibarado que denota la caída del estío y la predominancia otoñal que, cual fragua de Vulcano acontece al rojo endemoniado del invierno que da a su caracter estricto el furor necesario para salir del Tánatos. Rojo sanguinolento que brota de las arterias, cayendo por el cristal hexagonal acuciante de la lluvia cuando está a cero grados. Carmín resultante de una espina en brazos que hirieron con la flecha de Cupido antes para posteriormente, cual Hermes inmaculado, volver a herir con la herida mortal del desamor.
Cual Polifemo roto de amor por Galatea destrozando a Acis, así se desangra el enamorado que, rosa mediante, se ha herido al darse cuenta de que su ninfa no ha venido.
Sólo así uno aprende lo que la vida enseña.
Bloom-Withno
martes, 8 de noviembre de 2011
Parada
La manada se echa encima de la masa furibunda que sale de dentro del vagón, expeliendo su terrible e inconfudible aroma, pero da igual, ahora es el momento, necesito encontrar esa pieza de valor incalculable, ese momento de placer donde reposarán mis posaderas: Un asiento de tren.
En momentos como ese, me lo tomo con calma. Subo lentamente las escaleras y me acomodo junto a la puerta situada justo en frente de la que se acaba de abrir. Sólo algunas veces decido sentarme. Pero no me gusta. No me gusta ir sentado en un vagón con miles de personas alrededor, no quiero ser uno más, un número. Parece que esté a punto de ser sellado.
Así pues, me sitúo en la puerta y contemplo el vagón en todo su esplendor. Mucha gente, mucho movimiento, pero me siento aislado. No pertenezco a esa raza humanoide que actúa de manera mecánica. Tengo en mi poder la herramienta necesaria para que el aislamiento surta efecto: La Música.
Mientras oigo música en mis cascos veo a gente subir, bajar, pelearse por un asiento, hablar por el móvil, mirar el culo de la chica de al lado, clavar la mirada en el chico que se sienta frente a ti (sí, a ti), ver a pseudoagentes paseando como si fuera Ok Corral, y a multitud de madres incapaces de hacer que su bebé pare de llorar.
La vida, en esos momentos, parece sencilla, soy un mero observador de la realidad, un narrador externo.
Hasta que algo va mal. Miró la batería del Ipod. Se desvanece. Calculo el tiempo que le queda de batería en canciones (porque no nos engañemos, el tiempo se mide en canciones), calculo el tiempo que me queda para llegar. Y sé que no llegaré al final, que antes de que ponga los pies en mi destino, seré contaminado por el mundo que me rodea.
Y así, con una nota quebrada o una frase a medio acabar, mi Ipod me dice que se acabó el sueño y comienza la pesadilla.
Oigo vías que chirrían, hierros que se mueven, conversaciones superfluas y nada atractivas, y hasta un maldito móvil del que sale una cosa horrible que fue una pretensión musical en algún tiempo. Maldigo mi Ipod, y puesto que no tengo escapatoria, busco un sitio para sentarme. Y busco dentro de mí algo que me diga "vamos, aguanta, sólo una parada más, solo una parada".
Bloom-Withno
miércoles, 26 de octubre de 2011
Otoño
Vestimos trajes largos y a las mujeres se les revolotea el pelo. La ciudad presenta un aspecto , macilento, como si no quisiera olvidar nunca esta estampa.
Hasta que las hojas corren por el suelo, y huele a tierra mojada. Gotas inundan la acera y el asfalto se llena de una red de luces rojas y blancas que ponen a prueba nuestra paciencia. Parece que el tiempo corre más rápido, que nunca llegamos a la hora, y así día tras día. Días que amanecen azules se tornan en extraños negros que nos anuncian la llegada del tan esperado otoño, donde en la calle hiela y en la casa abriga. Días de recogimiento, de introspección, de volver a situar tu vida donde estaba. La clave de tu bóveda particular.
Camino con las manos en los bolsillos y la mirada baja, la cara fría, la cabeza dolorida. De vez en cuando aparece una chispa que lo cambia todo por unos instantes: Un olor, una canción, una mirada.
Y el susurro del viento anunciando la llegada de la lluvia que barre las hojas del suelo me dice que ha llegado el momento de plantar, de enraizarse y esperar que crezcan fuertes hasta la primavera, donde la vida será un poco más cálida.
Mi cuerpo es pura roca esquilmada por los remolinos que aparecen en mi camino. Remolinos que danzan a mi paso, que me acarician con su sudor frío y me dicen que no me engañe, que no es época de diversión, si no de trabajo.
Bajo la mirada y aprieto los dientes. Otro otoño me espera.
Bloom-Withno
jueves, 20 de octubre de 2011
Ensoñaciones
Mientras eso ocurre, sólo quiero mirarte, tocarte, sentirte, y ver como todo se evapora mientras tus ojos me miran. Me gustaría arroparte. Y abrazarte. Y decirte...
Bloom-Withno